Artistas

Francisco de Zurbarán

Fuente de Cantos, 1598 - Madrid, 1668

  • Santa Marina

    c. 1640-1650

Zurbarán fue bautizado en la localidad extremeña de Fuente de Cantos (Badajoz) el 7 de noviembre de 1598. Debió de iniciar su aprendizaje en su tierra natal, con algún anónimo pintor discípulo de Luis de Morales. Esta primera formación, sólo conocida por Palomino, la continuó en Sevilla, donde en enero de 1614 ingresaba como aprendiz por un período de tres años en el taller del desconocido pintor Pedro Díaz de Villanueva. Comenzó su actividad pictórica en Llerena, hacia 1618, pero no se han conservado obras de esta primera etapa de su carrera.

En 1626 recibió desde Sevilla el primer encargo conocido: los cuadros para el convento dominico de San Pablo. A partir de ese momento su actividad profesional se vinculó a la ciudad hispalense, donde pintó entre 1628 y 1629 el ciclo de pinturas para el colegio franciscano de San Buenaventura y la serie de lienzos para el claustro del convento de la Merced Calzada, con historias del fundador de la orden, san Pedro Nolasco, canonizado ese mismo año. Estos trabajos le abrieron las puertas de Sevilla, cuyo cabildo le invitó a instalarse en la ciudad, considerándole un «consumado artífice», a pesar de las protestas del gremio de pintores sevillanos, que, con Alonso Cano a la cabeza, le exigían pasar un examen para poder ejercer su profesión a orillas del Guadalquivir. A partir de ese momento Zurbarán alcanzó la plenitud de su arte en una etapa llena de éxitos, en la que se convirtió en el primer pintor de la ciudad.

El momento cumbre de su carrera se produjo en 1634, cuando fue llamado a la corte para la decoración del Salón de Reinos del palacio del Buen Retiro. Su éxito sevillano y, sin duda, la recomendación de Velázquez y de los personajes andaluces por entonces protagonistas de la vida madrileña facilitaron que se le encargara para este conjunto dos batallas, una de ellas dedicada a la Defensa de Cádiz y la otra desaparecida, y diez cuadros sobre los Trabajos de Hércules, todos ellos en el Museo del Prado.

Poco después de su regreso a Sevilla llevó a cabo dos de los trabajos más relevantes de su producción: las series para la cartuja de Jerez de la Frontera y para la sacristía del monasterio jerónimo de Guadalupe (Cáceres), ambas realizadas entre 1638 y 1640.

En los últimos años de la década de los cuarenta su fama empezó a declinar, en parte por la aparición en Sevilla del arte de Murillo pero también porque su estilo naturalista, monumental y estático empezó a ser sustituido por un gusto pictórico más amable, luminoso y decorativo, consecuencia de la renovada ideología religiosa imperante por esos años, alejada ya del rigor contrarreformista que había inspirado la mejor creación de Zurbarán. Éste no supo evolucionar en esa nueva dirección estética y, aunque hacia 1655 debió de recibir el encargo de los tres grandes cuadros para la sacristía de la cartuja de las Cuevas que hoy se conservan en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, la mayor parte de la producción de su taller en esa época estuvo destinada al mercado americano, donde su pintura ejerció una decisiva influencia hasta la siguiente centuria.

En 1658 se trasladó a Madrid, buscando probablemente la ayuda de Velázquez y un cambio en su suerte, que le había abandonado profesional y personalmente, ya que en la peste que asoló Sevilla en 1649 perdió a su hijo Juan de Zurbarán (1620-1649), quien a pesar de su corta carrera ya había dado muestras de unas excelentes dotes como bodegonista. Aunque tuvo algunos encargos en la corte, como sus obras para el convento franciscano de San Diego de Alcalá de Henares, el sobrio y sencillo arte de Zurbarán ya no era el adecuado para lograr la teatralización de la imagen exigida a la pintura de la época, y su estrella y su vida se apagaron en Madrid, donde falleció en 1664.

Trinidad de Antonio