Adoración de los Reyes Magos
Jerónimo Ezquerra

Adoración de los Reyes Magos

s.f.
  • Óleo sobre lienzo

    52 x 41 cm

    CTB.2000.22

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Este cuadro forma parte, junto a las obras del mismo autor La Visitación, la Huida a Egipto y la Trinidad de la Tierra, de un conjunto de pinturas dedicadas a la decoración de algún oratorio de carácter privado, origen probable de esta serie, como ya se ha dicho en un comentario anterior. En todos ellos se aprecia una técnica deshecha y una paleta inclinada a los tonos cálidos, cualidades propias del estilo del pintor, dependientes de su relación con Carreño. Cabe destacar la continuidad cromática y el vibrante uso de los colores en las cuatro pinturas, recursos que sin duda sirvieron para intensificar el sentido unitario del conjunto y que dependen de la admiración de Ezquerra por el estilo veneciano.

Todas estas obras poseen un carácter claramente vinculado con el estilo del barroco final, y demuestran la pervivencia del estilo madrileño tradicional –definido por la actividad pictórica en la capital a finales del XVII– durante las primeras décadas de la siguiente centuria.

La escena de la Adoración de los Magos es una de las más tempranas representaciones cristianas, así como una de las más frecuentes, aunque su iconografía se ha ido definiendo lentamente a lo largo más de cinco siglos. El evangelista san Mateo es el único que citó a los Magos (Mateo 2: 1-12), pero no especificó que fueran tres, número que fue asumido oficialmente por la doctrina eclesiástica a partir del papa León I, quien así lo afirmó en el siglo IV en sus Sermones para la Epifanía. Esta idea estuvo posiblemente relacionada en su origen con la voluntad de aludir a las tres edades del hombre y también a las razas que se generaron a partir de los descendientes del patriarca Noé: Sem, Cam y Jafet, basándose en textos apócrifos del Génesis, con una simbología claramente destinada a expresar el carácter universal de la Redención de Cristo. Asimismo, los Magos representaban a los tres continentes conocidos en la época, Europa (Melchor), Asia (Gaspar) y África (Baltasar), y su número se podía además relacionar con el misterio de la Santísima Trinidad. A todas estas consideraciones, que contribuyeron a definir la iconografía del tema, se debe añadir el hecho de que con los respectivos presentes de los tres reyes se aludía a la triple condición de Jesús: oro (como Rey), incienso (como Dios), y mirra (como Hombre, ya que esta sustancia era utilizada para embalsamar los cadáveres). El primero en defender la piel negra para representar a Baltasar fue el Venerable Beda en el siglo VIII (B. Pascal, 1856, t. 1, 125). Sin embargo, no se convirtió en un hecho habitual hasta el siglo XIV, cuando la pintura flamenca de la época gótica utilizó y difundió la imagen de los Magos con rasgos raciales diferenciados. Sus nombres aparecieron en el siglo IV, pero sólo fueron plenamente reconocidos por los creyentes cuando un pontifical de Rávena los aceptó en el siglo IX. Cuatro siglos después Santiago de la Vorágine señaló los equivalentes de sus nombres en griego y hebreo en su Leyenda Dorada.

La Contrarreforma no varió la iconografía tradicional de este tema, muy consolidada en el siglo XVI, sin grandes disensiones en su plasmación o interpretación, aunque Lutero había negado a comienzos de la centuria que fueran reyes. En la España del siglo XVII se utilizó la fórmula representativa arraigada en ese momento, que es la seguida por Ezquerra en esta obra, influida por las recomendaciones de Pacheco, con un único rey anciano, vistiendo los tres magos ricos trajes y el Niño sentado en el regazo de su madre. El sentido devocional de este tipo de obras queda claramente reflejado en las siguientes palabras del Flos Sanctorum, libro publicado en 1599 por el jesuita Pedro de Ribadeneyra: «En el sagrado misterio de la Epifanía, la Santa Iglesia celebra el jubiloso día en que el Hijo de Dios, hecho carne, se manifiesta ante los primeros gentiles: los Reyes Magos... Quería darse a conocer a los que estaban cerca y lejos, a los nativos y a los extranjeros, a los pastores y a los reyes, a los simples y a los cultos, a los pobres y a los ricos, a los hebreos y a los paganos, a los judíos y a los gentiles, uniendo a las distintas religiones por medio del conocimiento de un solo Dios» (ed. 1982, t. 1, 116).

Trinidad de Antonio