Ávila
Aureliano de Beruete y Moret

Ávila

1909
  • Óleo sobre lienzo

    67 x 100 cm

    CTB.1997.37

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

La plenitud estilística de Aureliano de Beruete se produjo en una etapa relativamente tardía de su trayectoria artística ya que, fiel durante su juventud a los más ortodoxos postulados realistas, evolucionados después hacia un virtuosismo preciosista y decorativo a la manera de Martín Rico, hubo de esperar hasta el cambio de siglo, rebasados ya sus cincuenta años de edad, para alcanzar su identidad estética más personal y su absoluta maestría como paisajista, llegando a asimilar entonces, con un extraordinario instinto pictórico y a través de una experimentación absolutamente independiente, el lenguaje plástico del más genuino impresionismo, lo que le convertiría en una de las figuras indiscutibles del panorama paisajístico europeo de su tiempo, a pesar de la escasa proyección internacional que disfrutó en vida, ya que su situación económica desahogada y su talante personal le hicieron despreocuparse de cualquier necesidad de promoción pública.

A este momento de esplendor máximo de la maestría paisajística de Beruete corresponde esta vista panorámica de la ciudad de Ávila, magnífico testimonio de la especial predilección que mostró el artista durante toda su vida por los paisajes de Castilla, a los que dedicaría lo mejor de su producción, y que reflejó en sus numerosos viajes y excursiones, a los que era tan aficionado.

En efecto, Beruete viajaría con su esposa a Ávila en el verano de 1909, tras una estancia en Vichy, según narra en una de sus cartas a su íntimo amigo Joaquín Sorolla, fechada el 15 de agosto de ese año: «Nosotros, terminada nuestra temporada en Vichy y con tres días que pasamos en Madrid, llegamos a ésta el 30 y aquí estaremos hasta mediados del próximo. Como ya sabe tomé una casa y estamos cómodamente instalados. Yo trabajo cuanto puedo pintando en estos alrededores con vistas a la ciudad y sus murallas. Es un paisaje árido y gris con los amarillos del campo agostado y de los rastrojos. Es tremendo armonizar todo esto, pero es la naturaleza, la verdad y siempre es hermoso». Así, la estancia de Beruete en Ávila fue especialmente fecunda, dedicándose por entero a pintar, según le cuenta a Sorolla a su regreso a Madrid: «Pude aprovechar bien la temporada, pues más de cuarenta días seguidos pinté mañana y tarde con buena, muy buena luz, casi siempre, pero en cambio he luchado con un viento que todas las tardes me molestaba hasta hacerme perder la paciencia tan probada que tengo para trabajar al aire libre. He pintado 20 cosas, siete en los tableros grandes».

Las propias palabras del artista en la primera carta describen espléndidamente sus preocupaciones estéticas a la hora de plantearse esta panorámica de la ciudad castellana, que se despliega a lo largo de un horizonte alto con su característica fisonomía, desde la iglesia de San Vicente y la catedral, perfectamente identificables en el extremo izquierdo, hasta los perfiles de las montañas que asoman tras las murallas, en el lado opuesto. Pero, más que las construcciones monumentales de la ciudad, que relega a la lejanía, interesa sobre todo al artista la orografía cambiante y sinuosa de las afueras de la ciudad que se extienden hasta el primer término, resecas sus tierras «con los amarillos del campo agostado y de los rastrojos» del verano castellano, que Beruete interpreta aquí con su mejor técnica, vibrante y jugosa, de ricos empastes y valores esencialmente pictóricos, desenvuelta con extraordinaria agilidad, a base de toques breves y nerviosos que apenas insinúan las formas, intentando captar los efectos de la luz del implacable sol del estío castellano en los diferentes elementos del paisaje visto à plein air.

Este lienzo ha de ser, sin duda, uno de los catorce cuadros con vistas de Ávila expuestos en la casa de Sorolla en la exposición homenaje dedicada a Beruete tras su muerte, sin que, sin embargo, pueda identificarse con precisión con ninguno de ellos, debido a la ambigüedad de los títulos y a la ausencia de medidas en el catálogo de dicha exposición.

A este mismo viaje pertenecen otros paisajes igualmente interesantes de la capital abulense pintadas por este maestro, como los titulados Vista de Ávila desde los cuatro postes, Paisaje de Ávila con las murallas, Ávila, Vista de Ávila, o Una puerta en las murallas de Ávila.

José Luis Díez