El baño de las ninfas
Antonio Muñoz Degrain

El baño de las ninfas

c. 1915
  • Óleo sobre lienzo

    76,5 x 93,5 cm

    CTB.1996.141

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Desde la ribera de un río y en plena noche se divisa un grupo de mujeres completamente desnudas y con el pelo suelto introduciéndose en el agua de un remanso. Como en un ritual, rodeadas de una lujuriosa naturaleza que, lejos de esconderlas, enmarca su misteriosa acción dotándola de un sentido verdaderamente escenográfico, unas toman baños de agua sumergiéndose hasta las rodillas y otras se tienden a recibir los rayos de la luna en la orilla. La captación nocturna del bosque permite además un despliegue cromático alejado de la realidad que potencia la concepción onírica de la escena; los troncos y las raíces que hay en la orilla, punteados de vivos magentas o de turquesas eléctricos, quedan iluminados por una fantasiosa luna amarillenta que ribetea de dorado y de gris brillante las nubes y las crestas del ligero oleaje del río, así como los pequeños cuerpos femeninos que se entregan al baño o al descanso y que colman la carga lúbrica de la pintura hasta convertir al espectador, prácticamente, en un sátiro espía.

Arrebatado y excéntrico, el arte de Antonio Muñoz Degrain pasó del atrevimiento colorista y lumínico que caracterizó su producción en los años ochenta del siglo XIX a convertirse en un lenguaje propio y absolutamente aislado de la escena artística española ya a finales del ochocientos y principios del siglo XX. El pintor se expresa mediante entonaciones irracionales y excesivas tratadas con un sentido del dibujo libre pero contundente, cuyos resultados son de una extraordinaria plasticidad. Así, su irrepetible estilo resulta muy fácil de identificar en esta obra, especialmente en la descripción vegetal que a modo de marco recuadra la escena que le da título, de impresionante vivacidad. La poderosa descripción de los árboles y la gestualidad brillante y exuberante del follaje no dejan lugar a duda de su autoría en esas partes. Sin embargo, la descripción de la escena central de la composición responde a un pulso artístico bien distinto, mucho menos brioso y algo más sumiso a un modelo previo que el resto. Por eso, cabe la posibilidad de que en esta obra colaborara precisamente en esa parte de la composición la casi desconocida artista Flora López Castrillo, discípula e íntima amiga del maestro, con la que compartió sus años finales de vida y de creación y que –en las pocas muestras seguras que se conservan de su arte– fue su más fiel y devota imitadora. Siempre atenta a los modelos de su maestro, sus figuras, de apariencia fusiforme, como las de este lienzo, suelen responder a la reproducción del estilo de las del pintor valenciano, pero con un acabado de aspecto más lamido y menos espontáneo.

Por otro lado, Muñoz Degrain, voraz lector de textos clásicos y de ficción, se inspiró a menudo en sus lecturas para crear algunas de sus obras, como el fastusoso paisaje titulado Lampecia y Febe del Museo del Prado, en el que también alude al atractivo simbolista de los lagos; algo que también hizo su discípula en las pocas pinturas conocidas de su mano. No deja por lo tanto de ser tentador asociar esta imagen con alguno de los baños de ninfas descritos para la literatura clásica, o quizá en algún texto más moderno que pudiera haber suscitado el interés concreto del pintor por un asunto que, literalmente, resucitó durante el cambio de siglo debido al auge del simbolismo. Así, cabe recordar la delicada y sensual poesía de José-Maria de Heredia (1842-1905) –reputado parnasianista de la misma generación que el pintor valenciano–, titulada Le Bain des Nymphes que, cuando menos, revela un común interés estético por recrearse en estas fantasías licuantes:

 

C’est un vallon sauvage abrité de l’Euxin; Au-dessus de la source un noir laurier se penche, Et la Nymphe, riant, suspendue à la branche, Frôle d'un pied craintif l'eau froide du bassin.

Ses compagnes, d'un bond, à l'appel du buccin, Dans l'onde jaillissante où s'ébat leur chair blanche Plongent, et de l'écume émergent une hanche, De clairs cheveux, un torse ou la rose d'un sein.

Une gaîté divine emplit le grand bois sombre. Mais deux yeux, brusquement, ont illuminé l'ombre. Le Satyre!... Son rire épouvante leurs jeux;

Elles s'élancent. Tel, lorsqu'un corbeau sinistre Croasse, sur le fleuve éperdument neigeux S'effarouche le vol des cygnes du Caÿstre.

(Les Trophées, n.o 14, 1893)

Carlos G. Navarro