La capilla de los Benavente en Medina de Rioseco
Genaro Pérez Villaamil

La capilla de los Benavente en Medina de Rioseco

1842
  • Óleo sobre lienzo

    96 x 112 cm

    CTB.1996.62

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Uno de los aspectos más fascinantes de la obra de Pérez Villaamil son sus interiores monumentales, de los que fue maestro en su época, poniendo de moda un género de éxito entre la clientela burguesa y que seguirían artistas como Parcerisa o Gonzalvo. En efecto, seducido por el espíritu viajero de los pintores románticos europeos, que aprendió de su maestro, David Roberts, y siguiendo el gusto romántico por la recuperación de los testimonios monumentales del pasado, interpretados con un interés a la vez documental y pintoresco, Villaamil se dedicó a recorrer España, recogiendo cuanto de interés encontró a su paso, en dibujos y apuntes que, además de quedar luego plasmados –como en este caso– en lienzos de estudio, servirían para la elaboración de la colección de litografías España artística y monumental, sin duda la más importante publicación española de su género editada en el siglo XIX.

Este lienzo es un buen ejemplo de esa faceta de Villaamil y de la interpretación que de los monumentos del pasado hicieron los artistas románticos, que, lejos de limitarse a la reproducción objetiva de su fisonomía, no dudaron en transformarlos con apasionada fantasía para aumentar sus proporciones, la brillantez de su cromatismo o el abarrocamiento de su decoración, hasta extremos que, a veces, apenas los hacen reconocibles. Tal es el caso de esta vista de la capilla de los Benavente, perteneciente a la iglesia de Santa María de Mediavilla en Medina de Rioseco, Valladolid, y que por fortuna todavía conserva todos sus elementos decorativos, aunque deteriorados.

Conocida como la «Capilla Sixtina de Valladolid» por su decoración, una de las más singulares de la arquitectura religiosa castellana del siglo XVI, fue mandada construir por el cambista Álvaro de Benavente al arquitecto Juan del Corral y a su hermano, el escultor Jerónimo del Corral, iniciándose su construcción el 21 de marzo de 1544, concluyéndose dos años después. La abrumadora profusión decorativa, que cubre completamente la capilla, debió deslumbrar a Pérez Villaamil, que intentó recoger su riqueza ornamental en esta vista tomada desde el ábside en dirección a la puerta de acceso.

Así, a la derecha se ven los lucillos sepulcrales en los que están enterrados miembros de la familia Benavente, distribuidos por matrimonios, representados en sus correspondientes esculturas yacentes «los varones con gorra y ropaje en martas y un rollo de papeles en la mano, las damas con vistoso traje de la época, veladas por un perro o una figura sentada a sus pies» como símbolo de fidelidad, estipulándose en el contrato que en el fondo de los arcos sepulcrales «en lo que queda de estos entablamientos arriba que hace medio círculo se han de labrar tres historias de devoción de óleo de muy buena mano», efectivamente pintados en tabla por Antonio de Salamanca. Los sepulcros están ordenados según la proximidad de su parentesco. De modo que el del extremo derecho pertenece a los padres de Álvaro de Benavente, decorándose el luneto con La resurrección de Lázaro. A continuación están enterrados sus abuelos maternos, pintándose bajo el arco sepulcral La resurrección del hijo de la viuda de Naín, situándose más próximo a la puerta el enterramiento de sus bisabuelos, decorado con La resurrección de la hija de Jairo, apenas distinguible en el cuadro; toda esa iconografía alude a la resurrección después de la muerte, argumento apropiado para una capilla funeraria. Además de los estípites y demás esculturas, quizá una de sus decoraciones más interesantes sea el luneto que remata el muro frontal, un relieve en estuco policromado con La creación del mundo, pudiéndose apreciar La creación de Eva, en el centro del semicírculo, y a la derecha La expulsión del Paraíso. Sobre la clave del arco de la puerta, también se advierte un Cristo en majestad, flanqueado por dos Ángeles músicos, acompañado en el resto del muro por las estatuas de los cuatro Padres de la Iglesia, asomando en la parte superior una de las pechinas con un evangelista y un fragmento de la cúpula, de traza mudéjar, con decoración vegetal y figuras, también en estuco.

Esta cantidad de elementos decorativos, que recubren el interior de la capilla con un verdadero horror vacui, tan característico del arte plateresco, despertó el más arrebatado espíritu romántico de Villaamil que, lejos de limitarse a reproducirla, la interpretó con su particular fantasía, extremando los efectos de las perspectivas, el cromatismo de las pinturas, el tono dorado de las esculturas y la profusión ornamental, con su técnica más jugosa y vibrante, aplicada a base de grumos de gran riqueza matérica para sugerir los relieves, sombreados con barniz coloreado en la zona de los arcos sepulcrales; técnica muy utilizada por el artista para matizar las gradaciones luminosas de las arquitecturas, consiguiendo así ambientar espléndidamente el interior de la capilla, en la que pueden verse varios grupos de lugareños, que ponen el detalle pintoresco a la escena.

Aunque el cuadro se cita desde su venta en 1971 como firmado y fechado en 1842, no parece hallarse hoy rastro alguno de dicha fecha, presentando incluso su firma dudas sobre su autenticidad. Por contra, la pintura presenta todos los rasgos característicos del estilo maduro de Villaamil. No obstante, algunos descuidos de dibujo y cierta parquedad técnica en algunas zonas, parecen confirmar que se trata de una primera versión del lienzo pintado en 1847 y adquirido por la reina Isabel II un año después por 24.000 reales, y del que se diferencia en su ejecución más atenta a los detalles y, sobre todo, en la ambientación de la capilla, bañada por la luz del sol que entra por un lateral, creando una atmósfera ensoñada, extraordinariamente sugerente. Quizá haya de situarse, por tanto, la ejecución de la obra hacia 1845-1847, años en que Villaamil realiza varios cuadros para Palacio, entre los que se encuentran algunas de sus obras maestras.

Para ambas versiones sirvió de modelo preparatorio un dibujo a lápiz vendido hace años, ilustrativo del método de trabajo del artista. Tomado del natural, y descritos con trazos rápidos y sumarios los elementos principales, se especifica con letra las zonas de sombra y los diversos detalles decorativos. Se tiene noticia de otro dibujo a plumilla que, junto a aquél, testimonian el interés del artista en el proceso de elaboración de esta obra, conociéndose otras ocasiones en las que ejecuta dos cuadros con el mismo tema y escasas variantes.

Seguramente la presente versión sea el ejemplar que conservaba en 1849, una vez vendida la definitiva a la reina, ya que ese año García Escobar cita un «magnífico cuadro del señor Villaamil, en el cual ha trasladado con bellísimo acierto la capilla de los Benaventes. La amable complacencia del célebre artista nos permitió examinarle en su estudio con todo detenimiento», siendo al parecer conservado por los descendientes del pintor hasta 1936.

José Luis Díez