La Coronación de la Virgen
Bernardo Lorente Germán

La Coronación de la Virgen

s.f.
  • Óleo sobre lienzo

    35 x 26 cm

    CTB.2009.5

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Aunque la devoción mariana estuvo muy arraigada en la España de la Edad Moderna, en el siglo XVIII tuvo una especial presencia en los ambientes religiosos sevillanos, como consecuencia de la intensa influencia de las creaciones de Murillo y también debido a la existencia de un apasionado culto popular, que se proyectó en obras de pequeño formato destinadas al culto privado. Lorente, admirador y seguidor de Murillo, dedicó gran parte de su producción a este tipo de obras, como la que ahora nos ocupa, a las que servía perfectamente su estilo dieciochesco, delicado y amable.

En ella, el artista centra la composición con la figura de María, que, arrodillada en una actitud algo forzada, protagoniza más de la mitad de la escena. Aparece vestida con túnica blanca y manto azul, con su cabeza rodeada por doce estrellas, «revestida de sol y con la luna a sus pies», según la visión de san Juan en el Apocalipsis. Un coro de ángeles y querubines forman la corte celestial que rodea su cuerpo, destacado sobre un luminoso rompimiento de luz. El carácter inmaculadista de la representación se acentúa mediante la presencia de algunos de los atributos de las letanías del Rosario que sostienen los ángeles, como las rosas y los lirios, símbolo de pureza, y el espejo de justicia, que representa su ejemplaridad. Con uno de sus pies pisa la cabeza de la serpiente, que aprieta entre sus dientes la manzana del mal, siguiendo las palabas del Génesis: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya. Ella te aplastará la cabeza». Completando la zona inferior se encuentra una filacteria en la que se puede leer: «Tota Pvlchra es Maria et Macvla [Originalis] Non est in te.», en alusión a su concepción inmaculada, en frase tomada del Cantar de los Cantares, libro del Antiguo Testamento. Esta iconografía de la Virgen tota pulchra es anterior a la de la Virgen apocalíptica, que no se definió hasta el siglo XVII, pero tanto en este siglo como en el XVIII no es extraño hallar ejemplos de la fusión de ambas simbologías, como sucede en este caso.

En la parte superior se encuentra la Santísima Trinidad, representada por las figuras del Padre, con nimbo triangular, signo del Dios uno y trino, el Hijo acompañado por la cruz de su martirio y la paloma del Espíritu Santo, que reciben en el paraíso a María y la coronan con rica corona, ornada con piedras preciosas, como Reina de los cielos y de la tierra.

Esta rica representación iconográfica, que hoy nos puede parecer algo densa, era interpretada en la época con facilidad, como lo demuestra el uso que debió de tener esta pequeña obra: un culto cercano y habitual. Lorente fue un pintor hábil, que usó estampas de repertorio para realizar este tipo de composiciones, que seguramente repitió con cierta frecuencia. Eso parece probar el hecho de que exista otra versión casi exacta, pero sin la filacteria, firmada, que fue pintada inicialmente para una capilla conocida como el Postigo del Aceite en Sevilla, y perteneció después a la colección Revilla, de donde pasó al comercio madrileño.

Trinidad de Antonio