Lavanderas
Antonio Muñoz Degrain

Lavanderas

1903
  • Óleo sobre lienzo

    62 x 98 cm

    CTB.2008.8

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

En algunos repertorios biográficos sobre los artistas del siglo XIX, cuando se trata a Muñoz Degrain, se consigan, casi como su principal mérito, que fue maestro de Picasso, cosa, por otra parte, que no es cierta. Es verdad que su familia, su padre especialmente, mantuvo una estrecha amistad con don Antonio, y para que no se desmienta el vínculo entre los Ruiz Picasso y Muñoz Degrain, Pablito le dedica una jugosa acuarela que representa a su padre envuelto en una manta y con un gorro de dormir de recuerdos valencianos: El viejo de la manta, de 1895 (Museo de Málaga), como felicitación de Navidad.

Y no sólo es eso; algunos paisajes de Picasso realizados en 1895, durante sus estancias veraniegas en Málaga, guardan similitudes con otros de Muñoz Degrain, anteriores en fechas, pero que se corresponden con una particular manera de interpretar el entorno en el valenciano, especialmente en su etapa más estrictamente realista. Pero Muñoz Degrain es mucho más y merece ser considerado como un pintor excepcional por méritos propios.

Como se puede comprobar por la obra de referencia del Museo Carmen Thyssen Málaga, Muñoz Degrain no abandona esa forma de trabajar del natural en el que lo registra mediante un toque de pincelada breve, muy suelta y empastada, que se preocupa por retener la luz a partir de la fijación de la sombra. La superficie queda resuelta a base de pequeñas manchas de color de recuerdos puntillistas, en cualquier caso, postimpresionista, que articula la superficie del lienzo en función de dar seguridad a las formas y, especialmente, confirmación de un registro directo y veraz.

Ni siquiera la anécdota narrativa de la acción de las mujeres disminuye la honestidad de la mirada. En esta obra don Antonio aparca sus inquietudes poéticas, sus ensoñaciones simbolistas y sus juegos evocadores y poéticos para trabajar desde la inmediatez y la asepsia del registro.

Si comparamos esta obra con otra, de 1859, en donde, de nuevo, son las lavanderas las protagonistas, comprobamos el avance en el compromiso con la realidad del pintor. Pese a ser aquélla de su primer período valenciano una muestra muy honesta del realismo de su época, el autor no se resiste a someterse a los juegos compositivos académicos y centra la escena en la acción de las mujeres en torno a las que gira el resto de los elementos de la escena. Sin embargo, en la del Museo Carmen Thyssen Málaga nos encontramos con un Muñoz Degrain mucho más seguro y liberado de ataduras convencionalistas, al que no le preocupa el efecto de la obra si no es por su capacidad de reflejar una realidad en la que la luz es el elemento para referenciarla.

Un trabajo de maestro, que realiza por puro placer, ya que las dimensiones, el tema y la personalidad de la obra nos hace entender ese impulso artístico por detener el tiempo y el espacio con la capacidad de la instantánea, huyendo de la fidelidad artesanal que pueda asociarse a la máquina, a la fotografía, de la que con tanto interés trataba de alejarse, como contundentemente se manifiesta en su discurso de entrada a la Academia de San Fernando.

En 1903 se encontraba inmerso en su docencia en la Escuela de Bellas Artes y dirigiendo la cátedra de Paisaje, tratando de mejorarla y de reformar el concepto de la pintura de paisaje en el país hacia un realismo en el que la luz era el punto de referencia. Y desde la plataforma de la enseñanza superior, siguiendo sus normas, trabaja desde la contención, trasladando al soporte justo la naturaleza y la acción que en ella se realice y que tiene delante de sus ojos. Así hay que entender Lavanderas, de 1903, como un ejercicio de sinceridad.

Nada hay superfluo, todo está medido, las manchas de color, las sombras, la acción de los personajes, que intencionadamente se sitúan como un factor secundario para no distraer el verdadero tema de la obra, que es ese espacio concreto del mundo rural en donde igual de importante es el muro que limita el lavadero, como el emparrado o los guijarros del camino, meros pretextos para jugar con el color, la pasta y la luz, divertirse con una pincelada que se aplica con ingenuidad pero haciéndose protagonista al tener la capacidad de decir, de registrar.

Sólo un gran pintor, comprometido con la modernidad de la España de su época, es capaz de resolver el reto con esa maestría.

Y paralelamente piensa en el Quijote y en la literatura romántica secuenciando a Don Juan, medita con Jesús en el lago de Tiberíades o con San Juan en el Jordán. Es esotérico en el Árbol sagrado y se prepara para inmortalizar el desastre de Annual y ensalzar a sus héroes. Todo eso y más es Muñoz Degrain.

Teresa Sauret Guerrero