Niños del coro
José Gallegos y Arnosa

Niños del coro

c. 1885-1890
  • Óleo sobre lienzo

    91,4 x 62,2 cm

    CTB.1996.17

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Un grupo de monaguillos que se aproxima al espectador casi en diagonal, portando diversos objetos de la liturgia procesional, se complementa con unas más distantes figuras de clérigos adustos. Les enmarca el coro de una iglesia a rebosar de un mobiliario eclesiástico y litúrgico lleno de citas artísticas –en algunas otras obras de este tipo, fácilmente reconocibles–, desde el vitral gótico hasta la reja renacentista, pasando por la orfebrería de cruces y candelabros. Precisamente la reja es prácticamente idéntica a la que reproduce en otro tableautin de similares características, El coro, y no en vano se anota que, para la realización de los fondos de este tipo de cuadros, Gallegos recorrió junto a su paisano y amigo Salvador Sánchez Barbudo (1857-1917) las iglesias de Roma, Asís y Venecia. Hay aquí, no obstante, un recurso de toques cromáticos para las vidrieras, sin especificar el dibujo, de la misma manera que en los rostros de los niños se percibe un cierto feísmo propiciado por el hecho de dejar en sombra los ojos; de cualquier manera, se opone lo oscuro de la parte superior del lienzo con la luminosidad de rojos y blancos de los monaguillos. Pero es sobre todo evidente que las calidades de los objetos, aguas en los tejidos y brillos en los metales, le sirven para conseguir ese «virtuosismo irreprochable» que se le anotó en su momento en cuanto fiel seguidor de Fortuny. A toda esta información se le añade la denominación de «obras sacramentales» para tales cuadritos, no por su temática religiosa sino por la representación de interiores y fiestas señaladas del rito católico.

Tal calificativo supone una expresión más elevada que la de «monaguillismo» que el burlón desparpajo de Gaya Nuño –muy lastrado todavía de prejuicios contra cierta estética Ochocentista– aplica a una tendencia de la que se dice que consiguió rebajar la pintura de carácter religioso hasta el nivel de los monaguillos, en los que se veían angelicales y purísimas gracias. Este tipo de obras, especialidad de muchos de los pintores españoles en Roma, solía ser de las de casacón, o sea, con los personajes al modo goyesco de principios del siglo XIX, reflejo de la estética neogoyesca fortuniana.

El intento de datar este tipo de obras de la segunda mitad de los años ochenta, puede completarse con la información sobre su reproducción en revistas ilustradas de la época. En la más conocida, La Ilustración Española y Americana, se reprodujo Un bautizo a principios de siglo, el texto de cuyo grabado advierte del lujo de detalles, la riqueza de ornamentación y los artísticos accesorios, y se concluye que es un cuadro en el que la escena principal queda subordinada a la hermosa perspectiva del decorado y de los accesorios. También allí se reproduce como asunto costumbrista Ante las reliquias de san Francisco de Asís, recogiéndose en el texto el dato de esta costumbre de adoración en la cripta de il sacro convento de dicha ciudad. Pero sobre todo se reproduce ese Botín de guerra, que además de reflejar otra corriente de esta pintura preciosista, el orientalismo (igualmente con el hito de un viaje a Tánger –1879– en su biografía), fue premiado con medalla de tercera clase en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1884, tal como el texto de La Ilustración se apresura a señalar.

Esteban Casado