Río San Lorenzo con el campanario San Giorgio dei Greci, Venecia
Martín Rico Ortega

Río San Lorenzo con el campanario San Giorgio dei Greci, Venecia

c. 1900
  • Óleo sobre lienzo

    47 x 71,8 cm

    CTB.1995.16

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Vista de uno de los canales menores de Venecia, identificado con el río San Lorenzo, situado en uno de los barrios más populares de la ciudad, y flanqueado en sus riberas por un variopinto caserío, entre el que puede distinguirse, tras el puente, la silueta de un campanario, que habría de ser, por tanto, el de la iglesia de San Giorgio dei Greci, situada en el arranque del río dei Greci, que desemboca en la Riva degli Schiavoni. Bajo los toldos que flanquean la calle, se adivinan un pequeño puesto y un merendero, a cuya sombra las gentes se protegen del sol. Mientras, otros paseantes transitan por la calzada y una góndola surca plácidamente el canal.

Desde su primer viaje a Italia en 1872, Martín Rico quedó irresistiblemente seducido por el encanto de la ciudad de Venecia, donde pasaría desde entonces largas temporadas hasta su muerte ocurrida precisamente en la ciudad de los canales el 13 de abril de 1908. A partir de esos años, las calles, monumentos y canales venecianos fueron protagonistas prácticamente absolutos de la producción paisajística de este gran maestro, cuyas vedute inundaron el mercado internacional, donde pronto alcanzaron altísima cotización, ya que eran solicitadas a los marchantes con una avidez casi febril por los coleccionistas de la alta burguesía enriquecida de su tiempo, tanto parisina como americana. Interpretadas en la mayoría de las ocasiones con el virtuosismo preciosista aprendido de su íntimo amigo Mariano Fortuny, atento a los detalles más minuciosos de las arquitecturas y personajes que pueblan sus vistas, el presente cuadro es, sin embargo, testimonio muy significativo de la producción última de Rico, en torno a 1900, en que, a pesar de ser maestro ya consagrado y haber cuajado desde hacía muchos años un estilo enteramente personal, abre sus deseos de evolución creativa a una tímida influencia del impresionismo, ya plenamente reconocido en los ambientes artísticos del París de entonces, donde el artista tenía fijada su residencia. En efecto, la precisión casi obsesiva del dibujo habitual en las vistas urbanas de Rico, con perfiles muy marcados y aristas casi cortantes, se disuelven aquí en toques breves y menudos del pincel yuxtapuestos, que difuminan los contornos de personajes y arquitecturas, dando al cuadro una vibración palpitante y vital, de enorme riqueza plástica. Su gusto en la utilización del negro para definir formas y sombras convive en esta ocasión con una utilización extraordinariamente jugosa del color puro, muy cercana al impresionismo más estricto en la reverberación de los reflejos del agua o la nubosidad deshecha del celaje. Por otra parte, como es habitual en toda su obra, Rico muestra una especial atención a las pequeñas figurillas que transitan por la ciudad, plasmadas en distintas actitudes, de carácter más o menos anecdótico, para llamar la atención del espectador, como la mujer sentada del extremo derecho que juguetea con un gato o los niños que dan de comer a las palomas.

José Luis Díez

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