Rumores
José Gallegos y Arnosa

Rumores

1893
  • Óleo sobre tabla

    55,3 x 27,2 cm

    CTB.1997.17

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Recortado contra el luminoso cielo azul, un pequeño vicolo sorrentino sirve de escenario a una anecdótica situación protagonizada íntegramente por mujeres. Rodeada de macetas con claveles, margaritas y otras humildes flores puestas a la venta, una muchacha –bajo la protección de una típica imagen callejera de una Madonna– se dirige expresivamente a un aforo que sigue atento su discurso, de cuyo intrascendente contenido nos informa el título de la obra.

En ciudades portuarias como Sorrento, las mujeres de los marineros subsistían durante las ausencias gracias a la venta –o al trueque– de menudencias procedentes de cultivos domésticos. Pero a diferencia de otros pintores de su generación con claros compromisos sociales, el acercamiento a ese ambiente por parte de Gallegos y Arnosa fue carente de toda voluntad dramatizadora o del más mínimo ánimo de denuncia. Mientras las mujeres del primer término reciben entretenidas la información de la florista en un jocoso murmullo, al fondo de la escena la vida del resto transcurre con una monotonía equilibrada y pacífica, que se expresa en la armonía geométrica con la que está compuesta la perspectiva del fondo. En ella se ve a unas madres cuidando de sus hijos, a otra mujer tejiendo tranquilamente junto a la puerta de un puesto de verduras sobre el que pende, de un hilo, un cartelito que anuncia el alquiler de un alojamiento: «Si loca». Otra mujer, desde lo alto, atiende interesada a la escena central.

El pintor andaluz se concentró sobre todo en la descripción de las texturas y entonaciones de la escena, resaltando tan sólo sus valores plásticos, a imitación del estilo preciosista de Fortuny. Sobre la pared de la improvisada casa de huéspedes se recorta la sombra proyectada por las copas del olivo, las adelfas, la parra y otros frondosos frutales que casi tocan ese muro, en cuya entonación se reconoce la influencia del maestro catalán. Así, el juego de luces y sombras de la callejuela marca su profundo recorrido hasta el final, donde las pinceladas de miniaturista en las pequeñas macetas con flores o la escala de madera suponen el mayor atractivo de la pintura. También las flores, objeto del mercadeo de las protagonistas, interpretadas con una pincelada muy sujeta, y otros detalles, como las húmedas piedras del suelo de la calle o las viejas maderas de los postigos, muestran un virtuosismo técnico que no está presente, sin embargo, en la composición general de la escena, pues las figuras principales no terminan de encajar por completo en el escenario. Así, Gallegos y Arnosa, acumulando esforzadamente detenidas descripciones de corte preciosista, se muestra a su modo como un fiel seguidor del exitoso arte de Fortuny y como un pintor capaz de mantener vivo el recuerdo del maestro catalán, al que no conoció ni del que pudo ser discípulo, pues había fallecido treinta años antes.

Realizada probablemente durante alguna estancia napolitana del pintor, tal y como revela la inscripción junto a la firma, Gallegos acostumbraba a trabajar en ambientaciones y escenarios variados sin abandonar su estudio de Roma. Además, la muchacha protagonista de la escena, la emisora del rumor, podría identificarse con cierta probabilidad –gracias a una fotografía que reproduce sus característicos rasgos– con la famosa actriz Vittoria di Lepanto, que en ocasiones se prestó a hacer de modelo para los pintores de Via Margutta. Desde que se instalara en Roma definitivamente en 1880, Gallegos y Arnosa se dedicó en realidad más a la venta de antigüedades que a la pintura, vendiendo objetos que exponía en su fastuoso estudio romano, instalado en tres salas de los Studi Patrizzi de esa célebre calle de la Ciudad Eterna. Así, el anticuario Augusto Jandolo recordaba la impactante impresión que causaba aquella acumulación de objetos antiguos en las habitaciones del artista jerezano, que incluso explicaba por sí sola el interés por las calidades meramente materiales en su pintura y con la cual evocaba también, de algún modo, el mítico estudio de Fortuny, al que anhelaba imitar: «Appena entrati, [en el estudio de Gallegos] si aveva l’impresione di trovarsi nella casa di un grande artista, benchè grandissimo artista egli non fosse».

Carlos G. Navarro