Una muchacha con mantón
Gonzalo Bilbao Martínez

Una muchacha con mantón

c. 1910
  • Óleo sobre lienzo

    100 x 45 cm

    CTB.2008.5

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Envuelta en un mantón de Manila bordado de colores vivos, una muchacha de espaldas se vuelve hacia el espectador con los brazos apoyados en las caderas, en un gesto genuinamente castizo. Colocada ante una pared decorada con pañuelos de flecos sin bordar, la joven luce una peina de carey y claveles rosas en el pelo, adornos propios de la vestimenta más popular de las sevillanas del cambio de siglo y de las primeras décadas del siglo XX.

Desde fines del siglo XIX habían sido muchos los pintores que se sintieron atraídos por la plasticidad del mantón de Manila, por lo que no es extraño que Bilbao convierta esta prenda en protagonista absoluta de la composición, atendiendo así a sus intereses estéticos y a los del mercado para el que trabajaba. Composiciones como ésta tuvieron un cumplido éxito comercial y la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza conserva otro excepcional ejemplo de ello, con la que esta pintura forma la pareja más expresiva de cuantas se conocen de este momento de Gonzalo Bilbao (p. *). En cualquier caso, la presencia extraordinaria de la prenda, alfombrada de bordados florales en tonos brillantes que Bilbao describe con enorme ductilidad, enriqueciendo los cambiantes contrastes de la tela azul sobre la que están ejecutados, llama la atención sobre el resto de la composición y trasmite el interés preciosista y decorativo del conjunto.

La posición de la figura replica, por otro lado, la de una sanguina del artista1, que parece haber servido para ensayar con la misma modelo de este lienzo una composición muy similar. Según una inscripción de dicho dibujo, podría precisarse que ésta se llamaba Amparo Fernández y, junto a su teléfono y su dirección, aparece la categorización entre paréntesis de «muy buena», aludiendo sin duda a sus aptitudes para el posado. En realidad, tanto la pose de la modelo como el formato alargado y cercano al natural de esta pintura fue repetido en varias ocasiones por el artista, que hizo de imágenes como ésta, con pocas variantes, las que mejor identifican su producción de madurez. Pero a diferencia de lo que puede verse en el mencionado dibujo, la modelo del cuadro de la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza cubre sus hombros y sus brazos con una recatada camisa blanca que elimina toda la sensualidad presente en la obra sobre papel, concentrando aún más el interés principal del lienzo en el llamativo mantón. La pudorosa actitud de Bilbao, que caracterizaría además gran parte de su obra, amortiguó en esta pintura uno de los principales atractivos de la iconografía de las flamencas, que no fue otro que el de su naturaleza puramente carnal. El afán exhibicionista de muchachas como la del cuadro, que no se disimula por el pintor ni en su ademán ni en su mirada, queda captado aquí de un modo muy diferente a como lo hicieron el resto de los artistas interesados en ellas, y que concedieron a sus brazos y sus hombros una complaciente carga sensual, llena de provocación y de deseo. Bilbao, interesado siempre en mostrar una imagen aparentemente blanqueada de las protagonistas de estos tópicos lugares comunes, que le hizo famoso al dignificar la maltrecha imagen de las cigarreras de la Fábrica de Tabacos de Sevilla, concentra aquí toda la sugestión en la pose huidiza de la modelo, que vuelve su mirada y en su rostro sugerente y sensual. Esa complicada posición permite a Bilbao, además, articular una verdadera exhibición de su arte más maduro, marcando los claroscuros del brazo y del rostro para insinuar así la anatomía de la muchacha, definida con contundencia bajo las telas que cubren su cuerpo.

Carlos G. Navarro