Vista del Guadalquivir
Manuel Barrón y Carrillo

Vista del Guadalquivir

1854
  • Óleo sobre lienzo

    92 x 125 cm

    CTB.2002.18

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Muy característica de la producción del pintor sevillano Manuel Barrón y Carrillo es esta pintura de la ciudad hispalense, con el cauce del Guadalquivir en primer plano, tomada desde el sur. Se trata de una vista un tanto monumental, posible desde una posición cercana a la Punta del Verde.

El encuadre está tomado concretamente a la altura de los aledaños de paseo de las Delicias de Arjona, un lugar urbanizado y de recreo en Sevilla desde época ilustrada y que en realidad obedece a la primera visión que tuvieron muchos de los viajeros extranjeros a su llegada a la ciudad. En especial los viajeros de la época romántica, por lo general llegados a la ciudad en barco, remontando el cauce desde Cádiz; una visión inesperada e impresionante, y que de hecho permaneció grabada en la memoria de muchos visitantes.

El cuadro obedece a un concepto de paisaje topográfico, urbano, descriptivo y monumental, donde de manera escenográfica y un tanto teatral aparecen recortados e iluminados por la luz del ocaso el convento de los Remedios, la Torre del Oro, el palacio de San Telmo, y la gran fábrica de la catedral con la Giralda despuntando sobre el perfil del horizonte.

En la obra de Barrón, pinturas como ésta probablemente respondan a una serie de encuadres del Guadalquivir, de versiones dedicadas a distintos tramos y lugares pintorescos del río. El lienzo está realizado a partir de notas y detalles tomados directamente en el lugar y ejecutados posteriormente en el estudio, incorporando detalles compositivos y tipos: como las barcas y los veleros, o los personajes populares situados en las orillas del primer plano, con tradicionales artes de pesca de ribera. Otros detalles, como el puerto y la presencia junto a la Torre del Oro de un navío de rueda a vapor (emblema de una incipiente revolución industrial en la ciudad), o el paseo dominical de la burguesía local, ataviada con trajes de época isabelina en las cercanías del Salón de Cristina, otorgan a la composición un cierto sentido de crónica, empleando una ejecución un tanto rígida y dotando a la escena de una atmósfera un tanto atemporal.

Algunos elementos que se pueden fechar, coherentes con la fecha de ejecución del lienzo, hacen pensar en la relación directa de esta escena con las fiestas que tuvieron lugar dos años antes, con motivo del nacimiento de la infanta María Cristina de Orleans y celebradas en las inmediaciones de palacio de San Telmo (acontecimiento reflejado en la litografía editada a partir de pioneras fotografías de Leygonier), y que posiblemente quedaron fijadas en la memoria del artista. En este caso se trata de una versión menos ajustada y pormenorizada que otros lienzos, como El Guadalquivir a su paso por Sevilla del Museo de La Habana (1851), o bien el lienzo titulado Vista de Sevilla desde la Punta del Verde (1856), muy cercano a éste en cuanto a disposición y elementos, y perteneciente a la antigua colección Ybarra de Sevilla; paisajes todos ellos de similares características y formato muy próximo, hecho que revela una producción de obras en distintas versiones de taller y también diferentes niveles de ejecución.

Por otro lado, desde el punto de vista estilístico, en este lienzo están aún muy presentes los ecos compositivos de obras románticas precedentes, tanto de Roberts como de Villaamil, dedicadas a la Torre del Oro, con un interés monumental y evocaciones con justificación de asunto histórico. Aunque en este caso Barrón adopta un modo más descriptivo y panorámico, se evidencian puntos de partida similares, a causa de unos encuadres muy difundidos a través de las estampas publicadas en los libros de viajes, aquí también, a la manera romántica, magnificados con contraluces de ocaso.

Juan Fernández Lacomba