Vista del Río Guadalquivir
Gonzalo Bilbao Martínez

Vista del Río Guadalquivir

s.f.
  • Óleo sobre lienzo

    62 x 84 cm

    CTB.2010.1

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

El paisaje, solitario o con figuras, constituye en la obra de este popular y fecundo pintor sevillano el género más representativo de los que practicó en su más de medio siglo de actividad artística. No le fueron a la zaga las escenas costumbristas y el retrato. En numerosas ocasiones sintetizó las tres modalidades, lo que dio como resultado un peculiar tipo de paisaje con figuras o retratos en el que pudo crear una interesante iconografía que unía la tradición temática y la modernidad técnica. Dadas las circunstancias biográficas del artista y su deseo de captar los más variados paisajes, ejecutó ejemplares terrestres, marinos y fluviales; de ciudades y pueblos o aldeas de interior, todo ello en un recorrido que va desde Marruecos hasta el continente europeo. Los ejemplares españoles abarcan el norte y sur peninsular1. Por su estructura, son paisajes grandiosos en sus pretensiones; o sencillos en su modestia, siguiendo las teorías noventayochistas de volver al pueblo para representar la idiosincrasia de lo popular.

El hermoso ejemplar que nos ocupa, está tomado desde la altura natural de la comarca del Aljarafe sevillano y a la vera de una de sus frondosas fincas rústicas. Muestra en primer término a personas y animales que en grupos o individualmente deambulan por los alrededores de un cercado, cuyo perímetro limita una empalizada abierta por la parte anterior en dirección al cauce fluvial. A izquierda y derecha de la espléndida perspectiva se sitúan, respectivamente, el antiguo Betis deslizándose suavemente en la sinuosa curva de un meandro, y la rústica pero a la vez elegante fábrica de un cortijo: a destacar, la torre, que a modo de cimborrio cubierto de tejas se eleva airoso con nobleza y cuyo remate corona una veleta en forma de cruz; la capilla con su espadaña; así como sus frondosos alrededores cubiertos de árboles de diversa naturaleza, palmeras y cipreses, tal como si de un pequeño oasis se tratase.

Gonzalo Bilbao tuvo en cuenta para la concepción de esta obra los precedentes iconográficos de la escuela romántica sevillana en el género del paisaje, por lo que se pueden encontrar referencias a otras creaciones de los pintores Manuel Barrón o Manuel Cabral Bejarano. Sin embargo, hay dos diferencias respecto a ellas. La primera estriba en el modo de concebir la iconografía, toda vez que prescinde de la visión al fondo del caserío sevillano como hacen sus antecesores románticos. La segunda, como es de rigor, en la técnica usada; pues, mientras los citados artistas emplean la propia de un realismo convencional, Bilbao aplica otra más moderna próxima al impresionismo a base de soltar la paleta y plasmar una gama cromática muy variada y efectista, sobre todo en los planos de profundidad y en el celaje. Este último, es el propio del valle del Guadalquivir sevillano en los días primaverales o de la tórrida canícula en los que la luz queda matizada por una compleja y a veces extraña policromía. Tal manera de interpretar los fondos de paisaje lleva implícita la huella velazqueña. No en balde, Gonzalo Bilbao admiraba a su paisano pintor barroco y copió en diversas ocasiones algunas de sus obras, de las que valoraba especialmente el tratamiento de los artificiosos efectos de la luz precisamente en los paisajes abiertos y panorámicos, y también en las escenas de interior cuando recurría a la perspectiva aérea, como hizo para realizar, sobre todo, la serie de estudios previos y el cuadro definitivo de 1915 del Interior de la Fábrica de Tabacos de Sevilla.

Gerardo Pérez Calero