Composición. Desnudo
Celso Lagar

Composición. Desnudo

1922
  • Óleo sobre lienzo

    181 x 221 cm

    CTB.1997.43

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Una vez concluida la Primera Guerra Mundial, Celso Lagar vuelve a París. Tras de sí deja en España una extensa nómina de exposiciones. Sin ir más lejos, en 1918 expondría en la Asociación de Artistas Vascos –donde repetiría en 1919–, en el Ateneo de Madrid y en Orense. Aun así, la recepción crítica de sus obras no fue tan afortunada, ya que autores como Juan de la Encina y José Francés valoraron negativamente su vocabulario renovador. El planismo, uno de los primeros ismos personales de un artista español, se agotaba.

El Lagar de los años veinte no sólo muda de lenguaje abandonando el planismo, sino que se abre o adentra en temáticas como la circense y la Commedia dell’Arte, habituales desde inicios del siglo XX y que en estas mismas fechas desarrollan, desde muy distintos postulados estilísticos, artistas como Picasso, Gris, Derain o Severini. Precisamente Lagar hubo de hallarse en ese viaje –vuelta, tal vez– al clasicismo que Gino Severini manifestara, secundando el retorno al orden, en su texto Del cubismo al clasicismo (1921). En cualquier caso, Composición. Desnudo vuelve a mostrarnos un tema al que se había enfrentado con anterioridad, el de la comunión con la Naturaleza, aunque en este caso en lugar de tratarse de una escena de bañistas o meramente arcádica, como su Pastoral (1916, Museu Nacional d’Art de Catalunya), resultaría ser una alegoría de la Naturaleza. De este modo, la figura que centra la composición, Venus o Afrodita, respondería en mayor medida a su simbolismo como diosa de la fecundidad y de la fertilidad que de la belleza y del amor.

EnComposición. DesnudoLagar evidencia las excelentes dotes de paisajista que la crítica del momento siempre elogió. Aunque existe sensación de profundidad gracias al paisaje marino que, como punto de fuga, centra el último plano, Lagar hace un particular uso de las escalas y refuerza lo bidimensional del espacio sugerido, maximizando la sensación de planitud o de lo plano. De este modo, cada uno de los elementos figurativos se integra en el conjunto, en el espacio, casi como un molde o plantilla, superponiéndose con una escala sobredimensionada a la del paisaje. Lagar opta por una paleta de colores limitada y sobria, así como con un tono bajo, lo que escapa de cierta componente fauve y de la vivacidad de colores que alguna vez empleó.

Lagar realiza una verdadera síntesis de géneros pictóricos en esta obra, en la que se concita el bodegón, el paisaje y el desnudo. El bodegón que porta el personaje oferente no deja de ser una suerte de tributo a las enseñanzas cézannianas. En él, todas las piezas de frutas están prácticamente reducidas a formas geométricas. Tal pureza se transmite al personaje, ya que, del mismo modo, algunas de sus partes son descritas por formas puras, manifestando esa voluntad de construcción tan escultórica que lo caracterizó y otorgando monumentalidad y cierto arcaísmo a la figura humana frente a una descripción más orgánica y lineal de los animales y especialmente de la vegetación.

Juan Francisco Rueda