Salida del baile de máscaras
Raimundo de Madrazo y Garreta

Salida del baile de máscaras

c. 1885
  • Óleo sobre tabla

    49 x 80,5 cm

    CTB.1992.7

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

A las puertas de la sala de fiestas Valentín, situada junto al Hôtel du Nord de París, varios personajes disfrazados salen al término de un baile de máscaras. En la soledad nocturna de la calle, y a la luz de los farolillos de gas que decoran la entrada, un caballero invita a una muchacha cubierta con un antifaz a subir a uno de los coches de caballos apostados junto a la acera del hotel, mientras unos soldados recostados en el quicio de la puerta conversan distraídamente frente al portero de la sala y otras gentes enmascaradas en sus disfraces se alejan por la acera.

Esta bellísima estampa del París mundano y noctámbulo del último cuarto del siglo XIX constituye un ejemplo especialmente significativo entre la enorme cantidad de escenas de género pintadas por Raimundo de Madrazo a lo largo de toda su vida con destino al mercado internacional. En ella, Madrazo recurre al motivo de los bailes de máscaras, tratado en otras ocasiones por él, y tema particularmente atractivo para los artistas de toda Europa dedicados al tableautin, en pleno auge en estos años. En efecto, entre otros, el artista presentó fuera de concurso en la Exposición Universal de París de 1878 un espectacular cuadro con el título Sortie du bal masqué, muy alabado en su tiempo y extraordinario alarde de virtuosismo técnico y riqueza decorativa, envueltos en una seductora frivolidad. Sin embargo, en este caso, en lugar de insistir en los aspectos más anecdóticos y decorativos que propicia este argumento, el artista tan sólo deja entrever con muy sutil ironía la lectura frívola de la escena, en la invitación del caballero a su joven acompañante, a quienes convierte en protagonistas absolutos de la composición al recortar nítidamente sus siluetas ante el portal de la sala, mostrando curiosamente el rostro del hombre una estrechísima semejanza con las facciones del propio Raimundo de Madrazo, bien conocidas en estas fechas por el espléndido retrato que le pintara su padre, Federico de Madrazo, en 1875, y que guarda el Museo del Prado. Sin embargo, el interés narrativo de la secuencia queda en buena parte sumido en la interpretación que el artista hace de la ambientación nocturna de la calle, bañada por la luz artificial que hace destacar los rótulos de los distintos establecimientos y sugiere espléndidamente sus interiores, tanto de la sala de baile, como de la tasca de vinos y el hotel, mostrando así la fascinación que Madrazo –como tantos otros artistas de su tiempo– tuvo por los ambientes noctámbulos a la luz del gas de la Cité lumière.

Resuelto con una paleta muy sobria para lo habitual en Madrazo, una vez más sorprenden sus excepcionales dotes para la pintura, como digno continuador del virtuosismo preciosista de su cuñado Mariano Fortuny, así como su agudísimo sentido de la observación, visible en todos los detalles de la escena, hasta en los aparentemente más secundarios, como el charco de agua del primer término, los reflejos en los radios de las ruedas, las letras de los rótulos o la numeración en los faroles de los coches.

José Luis Díez