Un baile de gitanos en los jardines del Alcázar, delante del pabellón de Carlos V
Alfred Dehodencq

Un baile de gitanos en los jardines del Alcázar, delante del pabellón de Carlos V

1851
  • Óleo sobre lienzo

    111,5 x 161,5 cm

    CTB.1996.30

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

  • Obra en préstamo

    Exposición: Canciones de ida y vuelta- Imágenes musicales en la pintura iberoamericana

    Museo del Fado y Sociedad Nacional de las Bellas Artes. Lisboa

    Del 02 de octubre al 22 de marzo 2018

Contrapunto festivo del cuadro compañero, que representa Una cofradía pasando por la calle Génova, Sevilla (p. *), en este caso Dehodencq muestra una animada juerga flamenca de un grupo de gitanos, ante uno de los pabellones árabes de los Reales Alcázares de Sevilla, conocido como Pabellón de Carlos V, rodeado de naranjos. En medio del corro, una gitana baila al son del cante, la música y las palmas de los compadres que la jalean mientras siguen con sus miradas el contoneo incitante y sensual de la bailaora.

Estos dos atractivos lienzos son, sin duda, el testimonio más relevante de la producción española de Dehodencq al servicio de los duques de Montpensier, así como un ejemplo especialmente expresivo de la visión que del pintoresquismo andaluz –y por extensión español– tuvieron los artistas románticos franceses que viajaron a Andalucía durante la primera mitad del siglo XIX.

En efecto, la visión de lo popular se entrelaza en este caso con el juego argumental del contraste entre la alegría festiva del baile, colorista y lúdica, frente al recogimiento fervoroso e imponente del paso de la procesión, cuyo dramatismo se ve reforzado por el dominio de los negros, frente al colorido vivo y brillante del presente lienzo; extremos que, a los ojos de un extranjero, son reflejo evidente de los aspectos más exóticos, profundos y ancestrales del típico «carácter español».

Por otra parte, estas dos pinturas muestran bien las características más personales del estilo de Dehodencq quien, a diferencia de los románticos andaluces, interpreta sus escenas costumbristas dando un protagonismo casi absoluto a las figuras, de gran tamaño y con un tratamiento casi monumental, que les resta naturalidad y frescura en los movimientos y les hace encajar algo forzadamente en los escenarios, relegados a un interés secundario. Sin embargo, esta atención prioritaria en la descripción de los personajes demuestra una aguda observación del natural en la caracterización de los tipos, especialmente en este cuadro, en el que se diferencian con claridad los paisanos de raza gitana, siendo por otra parte siempre muy reconocible en las obras de este artista la repetición de su prototipo femenino, de perfil ovalado, nariz aguileña y grandes ojos.

Contrasta asimismo en ambas obras el diferente tratamiento plástico concedido a las figuras, de dibujo riguroso y perfilado, muy detallado en la reproducción de adornos e indumentaria, y modeladas a base de contraluces muy marcados respecto a los fondos, de factura mucho más amplia y fluida.

Se cita la existencia de un dibujo a lápiz de Dos bailarinas gitanas, que podría ser un tanteo para esta composición.

José Luis Díez